miércoles, 4 de septiembre de 2013

Los gatos, el eneagrama y la intención

Recuerdo un viaje a Santorini, unas villas con vistas al mar que representaban a la perfección el estereotipo que tenemos de islas griegas. Sin embargo, había algo que las diferenciaba: los gatos, unos gatos negros pequeños; eran salvajes, muy salvajes, adaptados a épocas de sequía y escasez de turistas. Si los alimentabas, los tenías de gatos de compañía perpetuos y algunos incluso se dejaban manosear.


Ahí estaban por la mañana, cuando estabas leyendo, haciendo la comida o durmiendo. Eran incluso más fieles que mi actual gata, que dicho sea de paso, es muy independiente y solo tiene ojos para mi pareja. A mí me mira con miedo: unas veces, la mayoría, sale corriendo, pero otras se deja acariciar, de a poquitos, como solo los gatos saben hacer.

Mi gata fue un regalo de la veterinaria que pensó que mi pareja la podía reciclar: había estado en un hogar donde había un perro y veías a la gata saltando o mordiéndote los pies; tenía un claro problema de intención. Pensaba que era un perro y que tenía que agradarte para que le dieras de comer.

Ahora, años más tarde, observo a mi gata cuando camina y es claro ver  que su intención es cazar, no se come a sus presas, pero las caza y en ocasiones las mata, pero nunca como parte de su intención, más bien como una consecuencia no deseada de su ritual.

También hay personas que tienen, como tuvo mi gata en su momento, problemas de intención. Quizá en su infancia les hicieron creer que para conseguir la seguridad de mamá tenían que ganársela, como hacen los perros, y tenían que saltar o hacer monerías para conseguir su plato de comida.

Luego, con el tiempo, hay personas que acaban conectando con su intención y hay otras que no, que se quedan pegadas esperando un gesto de mamá o papá para saltar. En ocasiones, mamá o papá se transfieren al jefe, a la pareja o incluso al cura del barrio, al equipo de fútbol o al partido político de turno.

Conectar con nuestra intención es una primera etapa a la que le siguen otras, pero si no tenemos claro para qué estamos aquí, nuestra existencia será la de un autómata sin alma, la de un gato que se cree un perro, la de un lector de comics que proyecta su anhelo en sus héroes favoritos y esto es un vivir sin vivir, es un estar dormido y anclado en unas ideas prestadas que no nos pertenecen.

 La intención es la primera puerta, el cruce del umbral. Si tu intención no está alineada con el sistema, con la vida, no tienes nada que hacer pero si está alineada con algo vivo, entonces tienes a qué o a quién seguir.

El eneagrama es un mapa de la personalidad que consta de nueve caracteres distintos y cada uno de ellos nos muestra una fantasía, una ilusión que vivimos, como mi gata que se creía perro. Conectar con nuestra particular locura es la puerta para descubrir nuestra intención más profunda.

Hay gatos que son de los que salen corriendo, otros se esconden, otros son quejosos,  otros más son “chulitos”, otros  chingones “de a de veras”, otros  van de flor en flor, otros se ven perfectos, otros más no se ven y otros se comparan. Observando los gatos podemos aprender mucho de caracterología, y de rebote, de nuestra propia personalidad y de la gente que nos rodea.

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