miércoles, 14 de junio de 2017

De los nombres y los destinos


Una página de internet a la que consulté, me aseguró que mi nombre, Antonio, me lleva a ser un 75% lindo, 78% confiable, 98% celoso, 85% Inteligente y 71% creativo. Consulté también el de Fernando - por ejemplo - y me sorprendió ver que no sólo era también celoso en un 95%, sino creativo sólo en un 32%.

No tengo claro que estas cifras sirvan para algo, pero desde luego resaltan el hecho de que nuestros nombres pueden llegar a representar una parte muy importante de nuestros éxitos, fracasos,  miserias y grandezas. Pero sobre todo, el nombre nos informa de nuestro potencial, nos ilustra del rol que nos ha tocado vivir en nuestra tribu y nos permite ir más allá.
Los nativos americanos solían presentarse haciendo referencia a sus abuelos, asumiendo que somos una evolución de nuestros ancestros, y también de sus actos. Entender-se en este sistema da mucha conexión con la tribu, nos permite vernos dentro del sistema familiar, con sus acuerdos y conflictos, con sus víctimas y perpetradores, con la vida y con la muerte.
Contrario a las estructuras europeas de los nombres, que tienen miles de apellidos pero apenas unos cientos de nombres, en China, los apellidos más comunes son muy pocos, pero los nombre son ilimitados porque se componen de combinaciones de dos caracteres preexistentes. A pesar de que uno de esos caracteres con frecuencia es generacional y se comparte entre hermanos (por ejemplo, el nombre de mi hermano también empieza con , que significa "recordar" y se pronuncia "nim" en cantonés); el otro expresa el potencial único del niño.
Así parece que los chinos se preocupan mucho del potencial del bebé, y vuelcan en él sus de expectativas. En el mundo occidental, le damos muchas veces a nuestros hijos el nombre de un abuelo, de un tío, de una abuela, madre, padre y en ocasiones, el nombre de un hermano muerto.
Ocupar el lugar de otro no es agradable, dar a un hijo un  nombre condicionado hace que le obliguemos a un destino extra, a una tarea de más y eso desde luego no es un acto de amor.
No dudo de que las buenas intenciones es lo que guía a los padres a poner a sus hijos nombres de famosos, como héroes urbanos del siglo XXI, tales como Kevin, Neymar, Barbie y Kent o Mafalda; no creo que ayude a esas personas a ser más felices en su vida. 
El nombre que recibimos de nuestros padres nos establece un camino de trabajo y también nos permite llegar a trascender nuestro rol e ir más allá.
Una amiga de nombre Angustias no estaba nada contenta con su nombre, decía que la sumía en la tristeza. Se cambió el nombre al de Clara Luz.
Abram cambió su nombre por el de Abraham para adaptarse a su rol de "padre de multitudes", que es el significado de Abraham en idioma hebreo.
Vamos a profundizar un poco en ese bebé antes de que le pongan el nombre. La realidad es que ese bebé asumió la carga sistémica de su familia desde que estuvo en el vientre de su madre, ha absorbido los acuerdos y los conflictos de sus ancestros, incluso antes de nacer a la vida. Toda esa información está en su campo familiar y la lleva de forma inconsciente. 

Para conocer nuestro potencial y poder desarrollarlo hemos de ser capaces de mirarnos desde una perspectiva amplia, sumergidos en el ámbito familiar. Una vez que tomamos la vida de nuestra familia de origen, nos sentimos libres y podemos ir más allá de nuestro rol, salir de la tribu desarrollando todo nuestro potencial.
Si tenemos hijos, vamos a ponérselo fácil y evitemos en lo posible que asuman cargas que no les corresponden. Ponerle el nombre a un bebé es como cantarle una canción. Tolba Phanem escribió el conocido poema "cuento del alma", en 2007,
Cuando una mujer de cierta tribu de África sabe que está embarazada, se interna en la selva con otras mujeres y juntas rezan y meditan hasta que aparece la canción del niño.
Ellas saben que cada alma tiene su propia vibración que expresa su particularidad, unicidad y propósito. Las mujeres encuentran la canción, la entonan y cantan en voz alta. Luego retornan a la tribu y se la enseñan a todos los demás.
Cuando nace el niño, la comunidad se junta y le cantan su canción.

Luego, cuando el niño va a comenzar su educación, el pueblo se junta y le canta su canción.
Cuando se inicia como adulto, nuevamente se juntan todos y le cantan.
Cuando llega el momento de su casamiento, la persona escucha su canción en voz de su pueblo.
Finalmente, cuando el alma va a irse de este mundo, la familia y amigos se acercan a su cama y del mismo modo que hicieron en su nacimiento, le cantan su canción para acompañarle en el viaje.
En esta tribu, hay una ocasión más en la que los pobladores cantan la canción.
Si en algún momento durante su vida la persona comete un crimen o un acto social aberrante, se le lleva al centro del poblado y toda la gente de la comunidad forma un círculo a su alrededor. Entonces... le cantan su canción.
La tribu sabe que la corrección para las conductas antisociales no es el castigo, sino el amor y el recuerdo de su verdadera identidad. Cuando reconocemos nuestra propia canción ya no tenemos deseos ni necesidad de hacer nada que pudiera dañar a otros.
Tus amigos conocen tu canción, y te la cantan cuando la olvidaste. Aquellos que te aman no pueden ser engañados por los errores que cometes o las oscuras imágenes que a veces muestras a los demás. Ellos recuerdan tu belleza cuando te sientes feo, tu totalidad cuando estás quebrado, tu inocencia cuando te sientes culpable, tu propósito cuando estás confundido.

Salu2

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